
Me asomo al
balcón. El aire golpetea los tejidos y tejados de una ciudad en apocope, prendo
el cigarro y contemplo el típico horizonte que se esconde entre los rascacielos
rascas de esta pobla. Lo primero que veo es un supermercado-corazón en la guata
cósmica del siglo, llegan a mí los tum tum que emergen desde un sinfín de
focos agujereando esta noche que no es noche, los quesos sin ratas de esta luna
que no es luna. Herodes desde su balcón vio el fuego, Marco, yo, sólo veo luces leseras adornando el vacío de una ciudad
que se quema a la bonzo. El neón me deja ciego. Sigo el humo del cigarro. Quemo
las máscaras después del bailoteo de anoche. Me revuelco en el barro cósmico sin
abrir la ventana a los temporales de
exuberancia mística, mucho menos al clamor de viejos ritos. Soy peligroso para
los más jóvenes, como tú, Marquito. Me aburrí de buscar épica donde ya no la
hay, agacho la mirada y busco entre los pasajes de estas cuadras; Bobi,
de nuevo andaí con la tula al aire buscando chiquillas, andaí verde por
pitearte una. La violación es una obsesión de todos, no sólo tuya. Hubo toda
una generación, Bobi, que quiso violarse
la Historia y hacerla suya: toda una generación. Hubo toda una generación que
quiso violarse a la burguesía y se violó los sesos, le violaron los sesos. Hubo
toda una generación que se metió en la pasta y terminó en cuatro rogándole a
Dios que se los llevara de este mundo:
¡Violeta! Te gritaban en la peni. Violeta es el color del tiempo. Violeta Parra
ya sabía todo el absurdo de esta tontera al momento de pegarse el tunaso. Tum tum sonó la pistola. Tum tum sonó nuestra cabeza.
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